Evangelio

 

Jueves 3 de Diciembre de 2.009.

EVANGELIO San Mateo 7, 21. 24-27 

 No todo el que me dice: ¡Señor, Señor!...

21 "No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial.
24 "Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca:
25 cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca.
26 Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena:
27 cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina."

Fuente: Biblia de Jerusalén

 

Meditación:

No todo el que me dice: ¡Señor, Señor!...

Insensato, ¿Qué has hecho de tu vida? ¿Qué vas a llevarte a la otra? ¿O es que no piensas en morirte nunca? Muchos lo han pensado pero ya no están, nadie sobrepasa los ciento veinte años, nadie vive más. Así que no seas insensato, sé sensato y acepta tu muerte, tu final, tu día de partida, tu ida al más allá.

Y… No todo el que diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial”.

Hoy hace un mes, que en la Homilía, os dije: “Dios vino al mundo para instituir la Eucaristía, que es lo que nos salva, porque es poner a nuestra fe el aura de santidad que necesitamos como vestido celestial, que es ser santo. Y en la Misa, Dios nos hace Santos. Otro día os diré por qué y cómo”.

Os voy a contar una parábola: Había un joven inocente, puro y bueno, pero era insensato en su ingenuidad, pensaba siempre en la naturaleza, en sentir el viento rozarle su rostro y en perseguir estrellas. En la Ciudad donde vivía había un templo, allí se repartían vestidos blancos como jamás ningún producto químico los podría dejar, pero este joven vivía feliz entre sus propios sentimientos, con sus sueños y los deseos de su realidad. Vinieron los taladores de árboles, vino también la tormenta y la sequía, y él protegía la naturaleza, él luchaba por un mundo en paz: era bueno, pero no tenía el vestido que entregaban en el templo; porque estaba preocupado pidiendo al Señor que se acabaran las guerras, la manipulación de conciencias, y cantaba bellas canciones para que todos se lo pidieran al Señor. Él, no podía hacer más de lo que hacía y lo que no podía hacer se lo pedía al Señor: “¡Señor, Señor!”

Vino una gran desolación en la tierra; nadie podía ya fiarse de nadie, porque se había infiltrado en las conciencias el que cada uno era un dios, un sacerdote, ¡el no va más!

Llegó el día de la partida para nuestro joven; a causa de tanta lucha por salvar la humanidad, se puso triste y enfermó y confiaba, ¡como no! En su Señor.
Se fue…

Y, ¡locura la del joven! ¡¡Estaba desnudo!! Su alma no tenía el vestido de la Eucaristía, ni  había sido limpiada por la gracia que uno recibe en la confesión.

Pero… pero… ¡Pero él era católico! ¡Él había sido bautizado! Y había luchado para proteger la naturaleza; se había desgastado en proclamar que existía un Señor que nos había dejado todo lo que vemos, todo lo que no vemos y que era Dueño y Señor de Cielos y Tierra; que era bueno y sabio, que en Él se debía confiar siempre y pedirle cuentas de todo lo que pasaba bajo las estrellas, que Él también había creado.

Sucedió que junto a él murió un anciano, que en su juventud también fue joven y durante un tiempo vivió jugando con el viento y soñando cazar estrellas para ponerlas en el altar de sus riquezas, pero un día, un día un árbol de los que talaban los malos, le cayó encima y se quedó sin movimiento sus huesos y no pudo luchar más por la humanidad. Tuvo que encerrarse en si mismo y sufrir su triste destino, y también pidió ayuda al Señor, y como no podía moverse, el mismo Señor fue a verlo cuando él fue llevado al templo, y el Señor lo vistió de blanco, y antes lo lavó, y la Virgen Santísima peinó sus cabellos, y con el peine de oro, sació su afán de protagonismo en la vida, siendo sólo y solamente su hijo: hijo de María e hijo de Dios. Y cada día, la Virgen Santísima, al rezar él el Santo Rosario, iba a peinarlo y él sentía las púas de oro rozar su cabeza y deslizarse por sus cabellos sin nudos, por sus sentimientos de perdón y reconciliación con Dios y sus hermanos. ¡Ese tenía puesto el vestido blanco! Quien tenga entendimiento, aprenda a usar de los sacramentos y a dejarse amar por su Madre, la Madre de Dios Hijo, que es el Señor de vivos. ¡Tu Dios!

 

P. Jesús

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