Evangelio
Sábado 25 de Julio de 2.009.
Evangelio según San Mateo. Capítulo 20, 20-28
La madre de los hijos de Zebedeo.
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró ante él para hacerle una petición.
Él le preguntó: -¿Qué quieres? Ella le dijo: -Di que estos dos hijos míos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.
Jesús respondió: -No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? -Podemos -le dijeron.
Él añadió: -Beberéis mi cáliz; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto por mi Padre.
Al oír esto, los diez se indignaron contra los dos hermanos.
Pero Jesús les llamó y les dijo: -Sabéis que los que gobiernan las naciones las oprimen y los poderosos las avasallan.
No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, que sea vuestro servidor;
y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea vuestro esclavo.
De la misma manera que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos.
Meditación:
La madre de los hijos de Zebedeo.
¿Qué debió de ser de la madre de los Zebedeo después de la muerte de Jesús, cuándo sus hijos fueron a dar su vida por Dios y sin percibir riqueza alguna?
Muchas madres casan a sus hijos con un buen partido, creen tener asegurado su futuro y en vez de esto, una vez casados, estos hijos sufren tanto que más no pueden.
Muchos padres están en un error a la hora de enfocar la vida de sus hijos, y luego lloran solos y despreciados por los mismos hijos que, siguiendo sus consejos mundanos, querían para ellos un lugar privilegiado en el reino de la vida social.
La vida no es así padres, en la vida de los santos, quien más sufre y quien más sirve a los demás, ese es el más feliz de todos, porque su carga es liviana y su caminar es ligero, porque servir al prójimo da alas a los cuerpos cansados y da alegría a un corazón muerto por la falta de aceptación.
El Reino de Dios, que se gana en este mundo, se gana con el esfuerzo de ser bueno, de ser santo, de ser realmente y verdaderamente un discípulo de Cristo.
¿Te apuntas a ello, a imitar a Cristo? Toma mi bolígrafo y vayamos a las filas de los que van a poblar el Reino de Dios en las Alturas y por toda la eternidad.
¡Que alegría! ¿Vienes? ¡Va!
P. Jesús
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